Tales from the IMSS ( Historias desde el IMSS)
El día 14 de febrero me disponía a pasar una velada romántica con mi esposa. Decidimos alejarnos de la lucha por obtener un lugar en algún restaurante atiborrado de parejas para pasarla tranquilamente disfrutando de una película en sala VIP.
No llegamos a ver la película, justo después de comprar los boletos comencé con un dolor agudo que nos obligó a ir de emergencia a la Cruz Roja. Mientras esperábamos al doctor le hacía bromas a mi esposa – Jamás pensaste en pasar el 14 de febrero en la Cruz Roja cierto ¡A poco no soy original! -.
No paso mucho tiempo para que llegara el doctor a revisarme, de buenas a primeras me vi acostado en una camilla atento a las expresiones del doctor. El panorama no era alentador, el doctor nos dijo - va a necesitar cirugía.
Su comentario nos cayó como balde de agua fría. No esperábamos eso y económicamente no podíamos afrontar el gasto de una intervención aunque fuera ahí mismo. Cabe decir que el doctor muy “amablemente” se ofreció a meterme cuchillo en ese mismo instante, le pedí que me hiciera un presupuesto - Pues quirófano, anestesiologo, unidades de sangre, material, medicamentos mmm pues unos diez mil pesos - . Amablemente le ofrecí mi mano en señal de despedida, me ofreció una receta para que aguantara y nos aventuramos al Seguro Social, seguramente si tuviera esa cantidad no la hubiera pensado tanto y en ese momento me hubiera internado, pero la restricción económica era insalvable así que con todo el dolor de mi alma (y físico) nos dirigimos al horror del IMSS.
Llegamos como a eso de las 11 de la noche y nos presentamos con la señorita de la recepción, esa misma que tan amablemente te recibe con una expresión de “quien se hecho un fart”. Tomó mis datos con el mismo entusiasmo de quien va con el dentista y nos dijo la única frase que sabe decir y que ha repetido por años con una devoción digna de un sacerdote – Espere a que le llamen – Esa frase se escucho como “me vale que sea urgencias, si no viene con el cerebro expuesto no lo atendemos”.
Afortunadamente no fue mucho el tiempo que estuvimos en la sala de espera, el suficiente para que llegarán dos o tres personas a pedirnos una “ayudita” para algún familiar (después nos enteramos de que al menos con una persona no era cierto).
Describir la sala de urgencias de el Seguro Social es realmente difícil, el ambiente, el hedor, la angustia que se siente, si pudiera elegir una palabra sería: deprimente.
Nuevamente una doctora me revisó, anoto algunas instrucciones en un papelito para despedirme de buena manera y continuar con un NEEEEEEXT.
Me colocaron en un rincón de la sala de urgencias. Un enfermero con cara de pocos amigos llegó empujando un carrito salpicado de extraños fluidos lleno de jeringas, ampolletas y botes de plástico rojo con la etiqueta de Bio Hazard. Procedió entonces a sacarme sangre para unos análisis con la misma aguja que después utilizaría para el suero (hay que ahorrar).
No me iban a atender a esas horas y tenía que esperar a las 7 de la mañana para que algún doctor viera mi condición y reservaran un quirófano, al cabo que mi caso no era de “urgencia”.
Le pedí a mi chaparrita que se fuera a descansar, quien sabe que sorpresa nos prepararía el día siguiente y yo no iba a ir a ningún lado, a lo que ella accedío.
Me quede tumbado en una especie de camilla añeja que tenía un colchón recubierto de lona que nadie se había preocupado por limpiar. Nada podía hacer más que intentar dormir y esperar la mañana siguiente.
Dormir no fue algo que hiciera, la sala de urgencias estaba plagada de sonidos que hacían que vigilara mi entorno constantemente. Los casos que ahí se atienden son bastante comunes, crisis asmáticas, diabetes descontrolada, hipertensión, pero lo que más conmueve es el llanto de los pequeños, eso si que llega al alma. A lo lejos escuche a unas personas haciendo arreglos con la funeraria, es lo que menos deseas escuchar en esos momentos.
Las consultas continúan y la falta de privacidad hace que escuche historias en las que la salud es cosa del pasado y los que llegan buscan recuperarla. A mis oídos llegó la historia de una mujer mayor con diabetes que había perdido en poco menos de dos años a sus hijos y a su madre.
Mi esposa llegó temprano, ella tampoco pudo dormir, me llevó un periódico, agua y los audifonos del celular para que pudiera escuchar la radio. No pudo estar conmigo mucho tiempo, a los 10 minutos le dijeron que tenía que retirarse. Mire a mi alrededor y había caras nuevas. Algunas en peores condiciones que yo, lo malo es que nos comenzamos a hacinar entre pacientes y familiares, lo que no aceptaba era que a mi esposa no le permitieran que estuviera conmigo, cuando veía a los demás pacientes acompañados.
Paso el tiempo, la visita prometida a las 7 de la mañana nunca llegó, dieron las 10 y nada, seguía enchufado a mi suero que ya estaba por terminarse. No hay nada peor para perder la paciencia que ver como cae la gotita del suero una y otra vez. Como vi que no pasaba nada conmigo fui yo mismo a investigar que pasaba. Fui de enfermero a trabajadora social que al parecer era la única preocupada por el prójimo. Me dijo que no había camas disponibles y que estaban esperando a que dieran a alguien de alta. ¿Cuando sucedería eso?, ella no lo sabía.
Agradezco infinitamente a Dios por hacer que uniera mi vida con mi esposa. Mientras yo preguntaba cual era mi situación ella se acordó que una amiga de ella, tiene un “amigo del vecino del esposo que paso por enfrente” que trabaja en el seguro y unas llamadas mas tarde me fueron a buscar.
Me dieron un papelito redactado a mano para presentarme inmediatamente con el médico especialista. Ahora si acompañado de mi esposa y de mi botellita de suero fui caminando al segundo nivel de consulta. Me presente con la secretaria que vio el papel, me hecho un vistazo, puse mi carita lastimera (que creo que ni fingí) y me dijo – Espere un momento, ahorita le llamo.
Momentos después me revisaba el doctor especialista, al parecer el medicamento que me recetó el doctor de la Cruz Roja y mi forzada estancia en Urgencias cambiaron mi condición. Fue claro y me dijo que no era candidato a cirugía, que me fuera a descansar, me dio una receta y mi incapacidad por 14 días.
Gracias a Dios y a los cuidados de mi chaparrita ahora me siento mucho mejor. Pero no dejo de pensar que en la Cruz Roja solamente me vieron el signo de pesos, pero a fin de cuentas su atención hizo que cambiara mi estado más tarde.
Quizás mi opinión sobre la Cruz Roja no salio muy afectada, pero la del InSeguro Social, eso es diferente me genera una enorme frustración el hecho de que sea una institución que le quita, más bien le arrebata su dinero a los trabajadores a cambio de un trato peor que el de un rastro. Es irónico que el lugar en el que matan las vacas este más limpio y protegido que el lugar en el que se pretenden salvar vidas.
No hablo por mi que a fin de cuentas salí bien librado de este bache, lo digo por las personas que vi y que no tienen otra opción más que aguantar y esperar.
Actualización.
Gracias a los comentarios de wifilaguna, a los pocos días que salí de mi incursión en el área de urgencias de la clínica 16 aparece esta nota en el periódico Milenio:
Bacteria da muerte a cinco bebés en Clínica 16
Las víctimas tenían entre 3 y 29 días de nacidos, dice jefe de Jurisdicción Sanitaria. Un total de 13 cultivos dieron positivo a bacilos relacionados con heces fecales.
¿Como es posible que ocurran estas cosas? ¿Tienen idea de cuales son las prestaciones para los empleados del Seguro Social? ¿Saben cuanto cobrán de aguinaldo esta cobra de bolones?
Archivado en: Pinguinus Reflexivus, Linuxman | | February 26, 2007
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# 1 | Goffys
February 26, 2007 @ 10:47 am